jueves, 7 de febrero de 2013

DzC: El tiempo anterior (VIII)


LA LLEGADA DEL GRAN ENEMIGO

La era dorada de la humanidad llegó a un fin catastrófico y abrupto en 3 de mayo de 2507, sólo 2 días después de la Batalla de Vega. La flota vapuleada y el pequeño ejército de tiempos pacíficos estaban pobremente preparados para la pesadilla que se les venía encima.


A pesar de un estado de alerta intensificado y movilización completa, debido a un prudente deseo de no ignorar por completo La Advertencia, el ejercito representaba sólo un pequeño porcentaje de la población. Habían pasado cerca de 300 años desde la última guerra a gran escala de la humanidad, y las tropas estaban más acostumbradas a labores de mantenimiento de la paz que al combate real.

A las 06:00 horas EOT (Estándar Oriental de la Tierra), miles y miles de extraños y espeluznantes naves alienígenas saltaron del espacio plegado y empezaron a mover a toda velocidad hacia la Tierra. Los motores de pliegue espacial no pueden funcionar en puntos próximos a ruedas de gravedad, y por tanto llevaría a este enemigo desconocido ocho horas alcanzar la órbita baja. Tan espeluznante cuenta atrás sólo sirvió para minar la moral de los hombres sobre el terreno, sujetando sus armas y preparando sus vehículos para la batalla por venir.

La despedazada flota de la AAT podría haber sido capaz de causar algún impacto sobre la armada invasora, si no hubiera sido por los daños sufridos a manos de los Abandonistas dos días antes. El mero hecho de que su creencia en La Advertencia se hubiera visto respaldada por los hechos nunca fue suficiente para el resto de la humanidad para perdonarles por su cobardía y traición.

Por sí misma, la vasta armada alienígena simplemente barrió a la flota de la AAT, recibiendo a cambio daños mínimos. La destrucción de la flota fue casi total, con sólo una pequeña colección de fragatas, destructores y naves más ligeras capaces de escapar a la carnicería. Los hombres en tierra quedaban a su suerte.

Poco después de que la flota alcanzase una órbita baja, los cielos sobre las ciudades de la Tierra se ennegrecieron con bizarras naves de desembarco, como nunca se habían visto con anterioridad. Los interceptores y las defensas antiaéreas se las apañaron para cobrar un sangriento peaje al enemigo, tal era el volumen de los objetivos. En realidad era como lanzar piedras a un lago.

Una vez tomaron tierra en el planeta, oleada tras oleada de tanques gravíticos extraplanetarios comenzaron su siniestro avance, barriendo las calles de cualquier cosa que se moviera. Su apariencia era profundamente inquietante, casi biológica, sugestivamente insectoide y amenazadoramente elegante. A pesar de su por suerte corto alcance, las contramedidas parecían no tener efecto alguno en sus armas, que causaban una horrible aniquilación sobre todos aquellos suficientemente desafortunados para ser alcanzados. Los tanques de la AAT eran envueltos en plasma azul, supercaliente, y emergían como nada más que escoria derretida, con cualquier rastro de sus tripulaciones perdido en ella.

Una vez la lucha se trasladó al interior de las estructuras, los soldados de a pie ordinarios se prepararon para hacer frente al enemigo, y ver por primera vez a sus agresores. Miles de hombres fueron asesinados sin piedad sin haber tenido siquiera la oportunidad de contemplar a sus enemigos. Sus armas tenían un efecto horrible en el cuerpo humano. Los hombres que vieron como sus camaradas se cocían y morían de dentro a fuera en un fuego consumidor azul abandonaban sus posiciones rápidamente, aterrorizados, y eran derribados mientras huían. Sólo cuando los pocos puñados de desesperados supervivientes se reagruparon, con sus espaldas contra el muro, se quedaron y lucharon.

Los éxitos fueron escasos y muy alejados entre ellos, sucediendo sólo en los raros casos en que el enemigo se había extendido demasiado. En los espacios estrechos, confinados, la lucha ocasionalmente degeneraba hasta llegar al combate cuerpo a cuerpo. Fue durante esos momentos cuando los hombres miraron por primera vez a los ojos de sus atormentadores.

Eran a duras penas humanoides en apariencia. Pesadamente vestidos con gruesos ropajes, lo que era visible de su pálida piel parecía cubierta con pequeñas placas de armadura brillante. No tenían orejas visibles y narices planas y alargadas. Sus ojos estaban llenos de odio, malicia y sufrimiento, y parecían arder en rojo desde su interior. Su piel sudaba profusamente, y con el tiempo quedó claro que necesitaban consumir fluidos a una velocidad alarmante, ya fuese agua o la sangre de los caídos, incluso de los suyos. Lucharon con un abandono temerario con poco aprecio por sus propias vidas, y siempre parecían al borde de la locura, así eran sus movimientos de violentos, inconsistentes y erráticos.

Fuera, en las calles, no se encontró ni rastro de tripulación alguna aunque sus vehículos fuesen destruidos. En ocasiones, una sustancia pútrida, negra y con aspecto de brea podía verse rezumando de vehículos dañados como sangre coagulada de una herida. Estas observaciones fueron escasas, en cualquier caso, ya que la destrucción de las unidades blindadas de la AAT fue casi total en medio de la carnicería.

En cuestión de horas, el grueso de la lucha había terminado. Los pocos supervivientes humanos habían sido completamente evacuados, y las unidades supervivientes del ejército y los civiles por igual abandonaron las ciudades en una carrera aterradora. Esto fue sólo el principio de su tormento, que para la mayoría se prolongaría más allá de sus vidas naturales y para otros sólo acabaría en una muerte a manos de sus anteriores hermanos…

No hay comentarios:

Publicar un comentario